jueves 26 de noviembre de 2009

María Antonia Ricas, y los dones del silencio


María Antonia Ricas

Peces

Se asemejan
a la ligereza
del aroma de la vara de incienso,
patinan bajo el agua
y no pesan
y juegan.

Rodearon mi cuerpo
cuando caí al fondo del dolor;
me miraron desnuda, golpeada
por días de lo amargo,
rodearon mi cuerpo con su brillo
y me prestaron
sus escamas.

Les agradezco ahora
que se comieran el libro del miedo,
que me hicieran flotar
mientras mordisqueaban mi cintura
y me despertaran de la atracción
del lodo,
me volvieran el rostro boca arriba
y viese las estrellas como peces
mirándome.

Y no me prometieron
sino el aire,
unas veces acerbo,
otras dorado.

Se acercan a la orilla
livianos, portadores
de un cristal muy grácil y luminoso.

Baño mi mano próxima
a ellos,
a modo de saludo,
y vienen a mis dedos...
Me recuerdan
que aún les debo el don de su silencio.



No tiene sentido ocultar que siento una particular fascinacion por aquellos escritores que trabajan con la conciencia de que el lenguaje, más allá de su capacidad para transmitir la emoción humana, es también, y por sí mismo, una fuente independiente de emociones. No es que renuncien en su obra a dejarse arrastrar por las emociones derivadas del propio hecho de vivir, no; es que se plantean -al menos- la posibilidad de ensancharlas, reconducirlas, matizarlas e -incluso- crearlas de nuevo donde no existen con las solas herramientas del lenguaje. El poema como "creación de una realidad" frente al poema como un mero "testimonio de la realidad" que se toma como punto de partida. Todos los poetas si sitúan, como equilibristas sin pértiga, entre estos dos focos de luz sobre los que se engancha el sedal vibrante de la creación, pero cada cual lo hace en una dirección distinta. Como lectores, sólos nos queda elegir el farol que queremos nos alumbre.
He dejado un cuadro colgado en la pared oscura, a modo de farol en medio de la noche. En él resplandece el cuerpo de una mujer inclinada sobre un estanque. La mujer deja caer su mano en el estanque porque quiere saludar a los peces que se comieron el libro de su miedo; a los peces que la despertaron a mordiscos de la "atracción del lodo" y la elevaron luego del "fondo del dolor", ayudándola a flotar, "cabeza arriba", con la sola promesa de un poco de aire...





jueves 19 de noviembre de 2009

"Las trece rosas" de Júlia Bell

Un momento de la representación de "Las trece rosas" de Júlia Bel, el 4 de octubre de 2006.


Al amanecer del día 5 de agosto de 1939, trece jóvenes muchachas de Madrid -la mitad de ellas menores de edad- fueron fusiladas a los pies de una de las tapias del cementerio del Este, en cumplimiento de la sentencia dictada por un tribunal militar que consideró plenamente probada su colaboración activa con la barbarie comunista en los días que precedieron al fin de la Guerra Civil española, y al fracaso definitivo de la esperenza republicana. Los cuerpos de estas bordadoras, enfermeras y conductoras de autobuses de la retaguardia madrileña fueron arrojados a una fosa común.
Durante muchos años, su memoria sobrevivió en las sentinas más oscuras de la España de Franco, aunque reducida a los ámbitos estrictos de los grupos más implicados en la lucha antifranquista y en la causa de la República. La muerte del dictador, en este punto, nada alteró. Ni siquiera bajo aquel impulso espiritual que, desde 1975, emergió con la nueva democracia, nadie en el mundo de la Historia fue capaz –con la honrosa excepción del Jacobo García, en 1985– de rescatar sus voces de los polvorientos archivos del Estado, ni tampoco de instalarlas en la conciencia colectiva de la España de hoy. Como ocurrió con la Shoa –cuya literatura vengo estudiando desde hace algunos años– la "resurrección" de todas y cada una de esas muchachas ha venido –y muy tardíamente– de la mano del periodismo y del arte.
Todo comenzó cuando Jesús Ferrero, uno de los grandes novelistas de la España contemporánea, publicó en el año 2003, en los extraños talleres de Siruela, su novela coral Las trece rosas. Aunque sus páginas estaban basadas en los hechos reales que ya se conocían, el autor no dudó en alejarse del drama político y en renunciar al frío verismo documental, porque su solo objeto era adentrarse en la normalidad de espíritu de aquellas jóvenes de retaguardia y, a la vez, contemplar la dignidad conque se enfrentaron al abismo como la reencarnación contemporánea de una dignidad moral universal que no sabe de patrias, ni se ajusta a ideologías ni entiende de fronteras, fenómeno éste que las emparentaba, por su virtud, con personajes y mitos mucho más antiguos que los surgidos o creados al amparo de la memoria de la Guerra Civil.
La universalización del mito de Las Trece Rosas llevada a cabo por Ferrero, que de algún modo arrebataba parte de las fuentes de legitimación de quienes, todavía hoy, siguen aspirando a la superación de la monarquía como forma de Estado, recibió pronto su cumplida respuesta. Un año después, en 2004, aparecieron Las trece rosas rojas del periodista y escritor Carlos Fonseca. Sus páginas eran, de hecho, un excelente reportaje de investigación periodística elaborado con extrema pulcritud y que buscaba enfrentar a los lectores a los acontecimientos reales que condujeron a aquellas muchachas a una zanja. Narrados con la frialdad de un cirujano, y sin más concesión a la fuerza de las emociones que las justas, el cuadro que dibuja es, realmente, demoledor. Sin embargo, y como el propio título evidencia, en la reconstrucción de los hechos resplandece la voluntad del periodista de vincular la dignidad con que se enfrentaron a la muerte con la dignidad conque la España republicana -y la comunista- combatió la barbarie del Régimen de Franco. Con ello, Fonseca devolvía su historicidad a Las trece rosas, rescatándolas para la mitología particular de la causa de la República.

Estas dos maneras radicalmente enfrentadas de reconstruir los perfiles de los personajes, y de ponderar lo que en ellos hay de mito o de verdad, encontraron una suerte de síntesis en la película Las trece rosas del cineasta español Emilio Martínez Lázaro, al que hay que reconocer haber universalizado el conocimiento de este episodio de arbitrariedad totalitaria que fue el fusilamiento de las jóvenes muchachas. Basada en los hechos que hoy nos son sobradamente conocidos, su dirección se deleita en la reconstrucción de las vicisitudes vitales de todas y cada una de las protagonistas, y lo hace sin concesión alguna a la retórica, situando al fondo -a veces muy al fondo- el drama político y social en el que viven. Ni se aleja, pues, de la realidad histórica ni renuncia al contexto político en que se desarrolla el drama, pero se cuida mucho de ensanchar desmedidamente las distorsiones que suele imponer toda idología para rescatar en su normalidad las vidas de las fusiladas. En ellas, lo heroico no es tanto su actitud de servicio a una u otra causa, ni tampoco su mayor o menor conciencia de estar trabajando para un ideal más o menos justo, sino su capacidad para mantener intactas, en medio de la devastación, una manera particulamente generosa de vivir y su capacidad -no menos generosa- para enfrentarse al dramático abismo de su propia muerte. En este sentido, Lázaro levanta sobre un drama históricamente concreto un modelo universal de "virtud" que no depende del espacio o de la historia para existir como tal.
Hemos dejado para el final Las trece rosas de Júlia Bel. Y lo hemos hecho porque somos conscientes de la necesidad de reparar la injusta rapidez con que suelen apagarse los fuegos que nacen de la poesía y de la dramaturgia, incluso en los vastos territorios de San Google, a poco -casi siempre- de nacer. La obra, que comenzó a gestarse meses antes de que Martínez Lázaro ultimase los preparativos del rodaje de su película, se estrenó en Barcelona el 4 de octubre de 2006 de la mano del grupo Delirio, una compañía de teatro creada seis años antes por Eva Hibernia y por la propia lia Bel, que fue la responsable última del guión.
En él, la joven dramaturga no renuncia a la continua evocación del contexto histórico en que se desarrolla el drama, ni tampoco a utilizar ese contexto como una sólida argamasa conque apuntalar el vínculo entre la dignidad con la que las cinco protagonistas afrontan el miedo a morir y los valores morales y éticos de la causa republicana. La autora, sin ambargo, da un paso más hacia adelante y concreta aún más la historicidad de su reconstrucción mítica de Las trece rosas, procurando focalizar toda la atención del espectador en aquellos aspectos de la normalidad cotidiana de la vida en la cárcel que acentúan el peso de la feminidad en sus particulares respuestas ante el totalitarismo. Quisiera o no, lo cierto es que, al escoger este camino, liberó en buena medida el mito de la historicidad que, en principio, había logrado establer, situando a las protagonistas en un plano mucho más universal que el de la Guerra Civil, como cristalizaciones contemporáneas del mito de Antígona o, dicho de otro modo, como gestos simbólicos de la rebelión de la feminidad frente la tiranía: la rebelión de la Mujer de todos los tiempos contra la Tiranía de todos los tiempos.

No podemos ni debemos olvidar el atrevimiento de Julia Bel al abordar la reelaboración del mito con un guión construido todo él en verso libre, toda una locura en los tiempos que corren. Todo ello, unido al papel jugado por la música y la danza en la representación y a la rehabilitación de viejas canciones de los tiempos de la Guerra, otorgan a Las Trece Rosas de Júlia Bel una formidable carga de lirismo y de emocionalidad que, aparte de agitar las olas de la melancolía, nos reconcilia con nuestra condición humana. Y con nuestra propia historia.


(Aparte de algunos momentos de la representación que protagoniza esta página, y de las portadas de algunos de los libros publicados en torno a "Las Trece Rosas", en la misma aparecen las fotografías de Jesús Ferrero, Carlos Fonseca, Emilio Martínez Lázaro y Júlia Bel)


miércoles 4 de noviembre de 2009

En torno a José Corredor-Matheos



No hay ninguna razón
para estar triste.
No hay ninguna razón
para estar triste,
ni para estar alegre.
No hay razón para nada.
Y sé feliz así.

Para quienes hemos crecido sobre la convicción de que el poeta debe de alejarse de las evidencias con la misma determinación con que el gato lo hace del agua, enfrentarse a la poesía de José Corredor-Matheos es, en sí mismo, una experiencia tan perturbadora y tan desconcertante como pueda serlo toda cura de humildad.

José es, como su nombre cuenta, un auténtico corredor de fondo que merodea con humilde delicadeza en torno a todas aquellas evidencias que, por serlo, hemos dejado de ver; y, de entre todas ellas, escoge como material para su creación las que, sometidas a la más simple y austera contemplación, son capaces de convertirse por sí mismas en una ventana entornada hacia el conocimiento propio. Sus levísimos poemas nos sitúan ante lo que las evidencias guardan en sí mismas de misterio en el instante preciso en que, por nuestra ceguera, se tornan invisibles; si se me permite la metáfora, nos colocan frente al viento que pasa en el momento en que, acostumbrados ya a él, dejamos de advertir su paso. Sus poemas, en fin, nos ofrecen la deliciosa oportunidad de reencontrarnos con las pequeñas cosas que apenas advertimos y de iniciar, a través de ellas, un reconfortante camino de retorno hacia nuestra más abrumadora desnudez.

Su negativa a enfocar la mirada sobre las regiones más dramáticas y oscuras de la realidad, y su renuncia a manejarlas con retóricas extremas e incendiarias capaces de ensanchar literariamente las complejas emociones derivadas de la misma, situaron a José Corredor-Matehos en las antípodas de la “estética del dolor” con que los poetas del realismo social de la generación de los cincuenta –a la que pertenece- pretendían hacer de la poesía un instrumento revolucionario.
Cono Ángel Crespo, Ángel Valente o Antonio Gamoneda, se atrevió a merodear en torno a las zonas más misteriosas e inefables de la realidad visible; se atrevió a desnudar las pequeñas cosas hasta "dejar tan sólo el hueso, /…/ como puñal o luz / que ilumine la noche / a mediodía"; se atrevió a afianzar la emoción poética precisamente en ese íntimo temblor que acontece en las pequeñas cosas como un "algo que madura" y "no quiere morir", como un "algo" que crece en el silencio y que nos mira. Y se atrevió, finalmente, a utilizar la poesía como una construcción intelectual al servicio del conocimiento. En este sentido, Corredor ha llevado hasta el extremo y -en buena medida hasta su consumación- los principios de ese "realismo mágico" que se desarrolló en la periferia de la poesía española en los años cincuenta, y que anidó especialmente en las tierras manchegas de las que procede.
A nadie puede extrañarle pues que, dadas sus opciones, el poeta fuera acusado de nihilista por muchos compañeros de su propia generación, especialmente por aquellos que veían en la poesía una estrategia de político combate o –en palabras de Gabriel Celaya- un “arma cargada de futuro”. Tal vez por esa misma razón, y por su acercamiento particularísimo a la poesía oriental, cuando muchos de esos poetas que entonces le excluyeron comenzaron a adentrarse como enormes fardos viejos en las ciénagas de lo olvidable, su nombre emergió de la intrahistoria con inusitada fuerza para convertirse, en los años setenta, en uno de los más apreciados referentes literarios de la poesía española. La proverbial sencillez de sus composiciones y la extrema humildad de su abrazo constante a lo real, le permitieron seguir siéndolo incluso cuando, a partir de la década de los ochenta, los partidarios de la realidad –en sus diferentes versiones– se alzaron con la hegemonía en el mundo literario. Y en el año 2005, cuando menos lo esperaba, los continuos y sencillos gestos de sabiduría que su poesía, en medio del silencio, nos fue dejando, la granjearon el reconocimiento general y le valieron el Premio Nacional de Poesía y su consagración como una de las voces más singulares y capaces de la poesía española del siglo XX.

Me acerco muchas veces a los ligerísimos poemas de José, un hombre -y un poeta- que se muere de sencillo. Cuando, como hoy, la vida no me da ni para apoyarme en la mesita de noche, me ato a su palabra tal a un poste, como un San Sebastián cansado al que no ha llegado aún el fulgor de la primera flecha. En momentos así, si de algo me siento emocionalmente compensado es de haber editado, en el año 2005, su Deja volar la pluma en el paisaje, y de haberlo hecho meses antes de que aconteciera su consagración definitiva. Yo os invito a vivir una experiencia inolvidable acercandoos a él, no sólo a través de estos dos breves poemas que aquí dejo tallados, sino en esta extensa selección que, en otro lugar, hace tiempo ya ofrecí a quienes quisieron -y pudieron- entonces disfrutarla.

Quede todo aquí, como una brindis para el amigo, pero también como un gesto de amistad y de cariño hacia esos queridos merodeadores que, de vez en cuando, aquí llegan para dejar su fuego y para arder en este...

Qué maravilla
la de haber nacido.
Qué maravilla, sí:

haber nacido ciegos.. .

***

En estos enlaces podréis encontrar más información sobre José Corredor-Matheos

Poemas...Biografía...Libros del autor editados por El toro de Barro...




Carlos Morales






sábado 27 de junio de 2009

Francisco Mora, "Memoria del Silencio"

Rivera


NOVIEMBRE

Tarde gris de lumbre
y hojarasca.
Noviembre.
Silba un tren,
en el rail, un niño
atento, escucha.
Un temblor súbito.
Un vuelo amarillo.

Una flor
desvanecida.



Poemas así son como un navajazo. Y los navajazos siempre dejan cicatriz. Con él, y con otros como él, el poeta Francisco Mora abrió con Memoria del silencio, allá por el año 2000, una brecha formidable en el edificio de una obra poética -la suya- de gesto neoromántico; una poesía elevada sobre el plinto de la devastación que deja ese tiempo que pasa y no sabe detenerse pero que consagraba la memoria como el territorio más propicio y sagrado para el conocimiento del "yo":


Por el río van caballos

De nuevo, el otoño batiendo los postigos,
como si nunca antes la vida tejiera sus tapices
en la casa.
Otra vez el vértigo abisal de la existencia hurgando
en las cómodas, trazando signos de duda en las
paredes y sobre la cal de mi alma.
Inmóvil, en el cuarto hay un hombre que mira
y no pregunta,
inmóvil, junto a mi lecho, el curso del río
viste canas amarillas y paréntesis de hierba.
Este es el lugar de la ruina y el silencio,
bajo este techo de arrogancia alcé una cabaña
de naipes y palabras
que tumbó el vendaval. En tránsito
mi voz clamando por la herida,
en esta mies de nadie enjalbegada de fiesta
que cicatriza en mi carne.

Una vez más el otoño golpeando los cristales,
dibujando caballos ocres en el río,
hermosos caballos rotos entre la niebla.

Caballos de tristeza semejantes a mi alma.

"Noviembre" no era, en modo alguno el único camino de rupura con aquel mundo melancólico marcado por casas destruidas y galopes de caballos en el alma. Un majestuoso poema, La bruma, irrumpía como un potro jubiloso invitándonos a un viaje salmístico y desconocido por los laberintos de la propia desaparición: una de las joyas literias más asombrosas y bellas que he tenido la fortuna de tocar con las pequeñas manos de mi vida de editor, y que desde aquí invito a atravesar con la más absoluta y asombrada de las humildades. Todo ello, en fin, compartía protagonismo en Memoria del silencio, convirtiendo el poemario en la consumación de un mundo en el mismo momento en que el poeta comenzaba a dejar ese mismo mundo atrás.

Después vino un largo y adustísimo silencio, que Francisco Mora tardó casi diez años en romper, con esas Palabras para decir tu nombre que todavía andan con la tinta prendida en la solapa. Merecía la pena esperar.

lunes 15 de junio de 2009

"Resurección", de Rafael Talavera

Friedrich


ESCENAS EN EL JARDÍN

(IV)


Rafael Talavera



Da miedo dividirse, con un corte tan limpio en la mitad del ser: luz, sombra.
El alba, que es dulzura, soldará las dos partes, las restañará.
No existe herida alguna entre el día y la noche, ni vacío enquistado,
sino un vuelo sonámbulo que goza demorándose, aquí, allá, en las islas
más claras de los árboles, en los vacilantes dibujos de los lirios, en los brocales
de los pozos inciertos que imaginan las sombras en los jardines.
Algo sutil se mezcla, se funde, se difunde. Da miedo otra resurrección,
ser dibujado por claridades que dudan,
ser otra vez cuerpo real, carnal juego de aún dormidas luces.
El alba es un terreno peligroso, desconfianza, un éxtasis sin mente, desolada llanura,
desierto con dunas que ahogan el sentido común.
Dicen que así es la muerte: tierra de nadie entre ni luz ni sombra
y el universo encima, mutando, pivotando, agigantándose, agrietándose.
Uno no sabe qué hace aquí: de pie, lúcido, solo, absorto, ¿vivo?, ¿muerto tal vez?, ¿abandonado?
Da miedo dividirse, ser, volver a ser.
Pero se intuye, al fondo, nada aún, casi un rosa,
o un rosa muy, muy lívido, o un blanco, un casi blanco.
Ya vuelan, aún sin árbol, mariposas blanquecinas, las flores, las del peral.
Ya asciende terso el humo, pan recién hecho, hacia los altos nidos de los pájaros.






Desde la edición por El Toro de Barro, en 1975, de Llámale como quieras, Rafael Talavera había guardado un escrupuloso y sonoro silencio en los papeles. Un silencio que, gracias a la Excelentísima Diputación de Cuenca, se acaba de romper con la publicación de su Gran angular, el volumen antológico que recoge la práctica totalidad de la escritura que salió de sus manos de pintor desde que deciera abandonar los escenarios de la literatura para inciar una larga travesía entre los pinceles.
La composición con que hemos querido celebrar sus renovados golpes de nudillo en nuestra puerta, y que no es sino la cima de un poema de más largo recorrido, es -en buena medida- una metáfora de su resurección, y, a la vez, la expresión más ancha y en todo su explendor de una poesía pictórica que tiene en las imágenes su herramienta sagrada; una poesía, la suya, en la que, dejando a un lado algunas concesiones a los impulsos vitales de la íntima cotidianidad tan ligados a algunos momentos de su producción, aprovecha con sabiduría el lenguaje simbólico y la emoción derivada de los mitos de siempre para escenificar los complejas geografías de la pasión humana, de la que Rafael Talavera es un terco merodeador.





viernes 13 de marzo de 2009

"Fugaz", de Juan Ramón Mansilla

Al Magnus

Ante un paisaje de Ma-Yuan
(Tinta sobre papel, siglo XIII, dinastía Song)


Ni el agua que transcurre torna a su manantial
ni la flor desprendida de su tallo
vuelve jamás al árbol que la dejó caer,
escribe Li Po,
quien según la leyenda se ahogó en una noche
de curda tratando de abrazar la luna
en el río.
Quizá él sea la figura que demora
su paso en una senda de montaña.
Un arroyo entre los riscos,
un cerezo da las primeras flores.
Las aves se elevan y desaparecen
como con las nubes las sombras.
Silba el viento del norte
acordes de mandolina, lejanos
tañidos de campana,
largo sonar de un mundo transitorio.
De pie, entona una canción
para las cimas que el añublo desvanece
en el equívoco sepia de la tinta.
Bien sabe que el despertar agosta
los racimos y bayas que maduró la noche,
y un cauce de agua hace
dudar de cuál es el curso verdadero.


***

Cuenta una antigua y hermosísima leyenda cómo, cierto día, un comerciante europeo se quedó prendado de una adolescente que bailaba como una lengua de fuego en una de las tabernas que flanqueaban el zoco de Damasco. “Qué voluptuosa eres, muchacha”, le dijo blandiendo al cielo una copa de vino. Y ella, acercándose hacia él, le respondió mirándole a los ojos con los ojos redondos de su asombro: “Viajero, ¿qué es la voluptuosidad?”.
La leyenda no nos cuenta lo que hizo el venerable mercader de especias cuando aquella muchacha, con su enorme inocencia, le arrojo a la cara los vientos del este, pero sí sabemos lo que ha hecho Juan Ramón Mansilla en su Fugaz, al que pertenece esta delicada composición poética que otro viajero acaba de leer: un poemario nacido -tode él- de la contradicción, que se nos da como la inusual cosecha de un mundo literario crecido a la sombra abigarrada de la poesía inglesa pero alumbrado -de pronto– por Oriente y sus farolillos rojos.
Todo ello convierte Fugaz, ante mis ojos, en uno de esos palacios de invierno que, después de haberlos recorrido una y otra vez, te devuelven siempre la certeza de que aún existen puertas por abrir.
Por esa razón, El buscador de joyas
ha dedicado a ésta que ahora comparece ante los ojos de los merodeadoresde la noche, y que todavía es fácil de econtrar en algunas librerías, un apunte en su asombrado cuaderno de bitácora: no más que un brindis tranquilo por un autor de creciente y sinuosa bigrafía que, por la fuerza de los hechos y de algunas de sus arriesgadas cabalgadas literarias, se ha convertido para muchos en un poeta de culto llamado a perdurar en los bosques del alma...


(Biografía de Juan Ramón Mansilla; Antología poética; Comentarios y reseñas de su obra literaria; Títulos del autor editados por El Toro de Barro y blog del autor)

lunes 18 de agosto de 2008

La razón ebria, de Vicente Gallego...



VAMOS ALTO
(MDMA)

Vamos alto esta noche,
que me ha mirado mal
el alma mía.
Dame un dulce veneno y vamos lejos.

Dejémosle a la muerte
pan y agua,
porque vendrá hoy también a compartir
la mesa y no estaremos.
Ni un respeto de más:
lo que le debe el miedo solamente,
que el amor lo traemos con nosotros.

A su vicio peor va entregándose el alma,
que es no darnos consuelo,
que es pisar mal la uva
y es agriarnos el vino.

Sin temor,
vamos alto,
vamos hondo en el trago.
Porque somos ya el cuerpo de la noche
nos abandona el cuerpo,
y un claro tornasol se traga el mundo
para escupirlo libre
de su exacta ecuación, de su fiel resultado.

Y si alguien, un día,
os anuncia que he muerto,
decidle que a la muerte
le di tan sólo aquello que era suyo,
pan y agua,
que el amor aún lo traigo de mi parte,
que en el amor mi muerte va de vuelo.

***

Quién conozca un poco la biografía del poeta español Vicente Gallego, caerá en la cuenta de hasta qué punto es necesario adentrarse en el mundo de lo que ya nadie quiere para acceder al conocimiento de lo que no puede morir. Eso me dije cuando, allá por 2003, me dispuse a preparar la edición de sus poemas de La razón ebria en un humilde Cuaderno del Mediterráneo, un tiempo antes de que el jurado del Premio Nacional de Poesía honrara al joven poeta valenciano y de que los mismos fueran incluidos en uno de esos libros cuya navegación, como botella de náufrago, nunca hallará rada en que guarecerse, en la Santa deriva...

No era la primera vez que editaba la obra de un poeta de la experiencia, pero sí que, como consecuencia de ello, comencé a notar cómo comenzaban a debilitarse de hecho los vínculos -ya antiguos, y por mi parte firmes- que habían unido la tradición del Toro al destino de la poesía española de vanguardia: pareciera que reconocer lo valioso a que pudieran dar lugar las múltiples tendencias literarias que, en un momento dado, pueden competir por la prelacía en los papeles que administran la mayor o menor eternidad de los mortales pudiera ser tomado como delito de lesa traición. En fin, son cosas que pasan, pero que merman la confianza en nuestra capacidad como lectores y como creadores para caminar sin caerse por rutas distintas a las que marcan los númenes de de la propia mesnada; para mezclarse y aprender con los distintos -sin perder la propia identidad- las claves de un mundo que se nos escapa y de cuyos laberintos ninguno nacimos enseñados...